El sueño del hombre de los calcetines blancos

Antes de entrar en las narrativas antagónicas del gobierno español y los que se oponen a la negociación y la paz pactada con los terroristas, es conveniente repasar algunos parámetros de la personalidad de ese caudillo bondadoso que es el señor Zapatero, particularmente de su ambición y sus sueños.
Hay una foto del señor Zapatero en sus tiempos de joven promesa del Partido Socialista español que hubiera inspirado a un director de cine costumbrista italiano: con traje casi negro demasiado ceñido y gafas de sol demasiado obscuras, aplaudiendo con un fervor impostado, el que iba a llegar a jefe de gobierno de España asistía a un acto político al aire libre; estaba de pie, con el cuerpo inclinado hacia delante, como con avidez, con el pantalón, demasiado corto, dejando ver unos calcetines blancos desgarradores, emblemáticos. Tenía el aspecto de un latin lover de guardarropía pero también podría ser (y era) un joven ambicioso y dispuesto a todo para escalar en las laderas del Everest del poder.
No quiero que se piense que subrayo el mal gusto de ese hombre en su juventud para descalificarlo o por ferocidad esteticista; ¿es lícito después de Voltaire escribir sobre ese tema? Ocurre que esa imagen de archivo se me ha quedado grabada, quizá porque la vi cuando ya el señor Zapatero era presidente de gobierno, y siempre que alguien comenta en mi presencia sobre gente ávida o ambiciosos irrefrenados, me vuelve a la memoria; se me ha convertido en un meme (*) definido ex-post…
Me digo también a veces que, a fin de cuentas, si en algo cree el liberalismo es en la ambición del individuo como fuerza motriz de la historia y los logros colectivos de la especie. La ambición del hombre de los calcetines blancos ¿no sería, en sí, una cualidad, como lo ha sido, sin duda, para la mayoría de los grandes estadistas?
Un dato a tener en cuenta es que, según parece, el señor Zapatero nunca ha tenido una actividad profesional fuera del ámbito del partido socialista español.
El PSOE refundado por Felipe González en los años 70, una organización sin apenas vínculos personales e ideológicos con la organización del socialismo en el exilio, se convirtió enseguida en un banderín de enganche de jóvenes ambiciosos, sobre todo a partir de ganar las elecciones legislativas en 1982 y mantenerse en el poder durante trece años, para terminar hundido en un mar de sargazos de escándalos de corrupción. Pero, visto sin pasión, en la España todavía clasista, el carnet del partido socialista fue para muchos la herramienta de ascenso social, lo que tradicionalmente era una buena cuna en esa sociología española de la hidalguía.
* Cuando Felipe González buscó el apoyo del capitalismo liberal de la Costa Este americana en 1977, el partido socialista refundado renunció expresamente al marxismo y, en lo programático, a su promesa de mantener a España fuera de la Alianza Atlántica. Esa misma libertad con sus planteamientos de principios ha sido utilizada por sus adversarios para acusarle de ser una mera maquinaria electoral doblada de una estructura clientelista.
En cualquier caso, a juzgar por las frecuentes y exasperadas pugnas internas por el poder, el partido socialista español no es exactamente una comunidad de idealistas admirable por el desinterés y fervor cívico de sus cuadros intermedios. Es, más bien, un ámbito cerrado, un huis clos sartriano, donde conviven tres corrientes ideológicas, cruzadas por una estratificación de lealtades personalistas, a menudo referidas a feudos territoriales. Una feria de las ambiciones, sólo moderadas por la necesidad de formularlas de acuerdo con un canon ideológico de compromiso personal con el bien de la sociedad, de enmarcarlas en un discurso legitimador altruista que les permite cualquier casuística, cualquier barbaridad.
El señor Zapatero, a partir de las descripciones que hacen quienes han tenido trato directo con él, es un ambicioso trepidante, impulsivo y dado a perseguir espejismos gratificantes. Ese tipo de personalidades, en general, aceleran el presente hasta el paroxismo para no tener que contemplarse en el transcurrir. Sería una forma de eludir ponerse en cuestión o someterse al juicio de su propio sentido crítico. Sorprendidos cuando la vida parece regalarles triunfos con los que saciar –pasajeramente su ansia interna, y que en el fondo de sí no creen merecer, desarrollan una fe en la suerte, la buena estrella, o la fortuna que premia a los audaces y cosas por el estilo.
Algunas actitudes del señor Zapatero en el ejercicio del poder son ingenuas y hasta conmovedoras. Me traen irremediablemente a la memoria el monólogo de Segismundo en La Vida Es Sueño (**). Pero, hay que insistir, no es este el cuadro psicológico óptimo para alguien con obligaciones de estadista en tiempos de crisis.
La ambición obsesiva casi nunca es buena porque ciega a quien la padece. El obseso es cegado por el objeto de su obsesión, sea este un objeto real, tangible, o meramente imaginado, objetivo (perdón por la redundancia) o subjetivo. Los comportamientos compulsivos alimentados por factores inconscientes, como no puede ser de otra manera, tienden siempre a ir más lejos que lo que permitiría suponer el escenario original en el que surgen. La ceguera en el caso de los políticos se produce a menudo por un sentido crítico insuficiente hacia todo lo que favorece su ambición; se ve lo que se quiere ver y se deja de ver lo que contradice la ensoñación.
Y en las rivalidades y contiendas partidarias internas a través de las cuales el señor Zapatero fue subiendo hasta la secretaría general de su partido, contó en cada momento con el apoyo de un sector minoritario pero extremadamente hábil y experto políticamente, pero no precisamente desinteresado: los compañeros que volvieron del frío.
* Los veteranos del Partido Comunista pasados al socialista, apostaron por el señor Zapatero y le ayudaron a desbancar dentro del partido los socialdemócratas, la generación que hizo la transición española, básicamente formada en la veneración de la socialdemocracia escandinava y apadrinada en sus comienzos por Olof Palme y Willi Brandt.
No hay que entender sin embargo que el señor Zapatero sea un ingenuo. Si su discurso, que podría pasar por el del dirigente de una ONG caritativa, se correspondiera realmente con su personalidad, es poco probable que hubiera llegado a secretario general de una organización como el partido de los socialistas españoles, que responde, como las de sus correligionarios franceses e italianos, a lo que el Mao Tzedong de la Revolución Cultural llamó feudalismo burocrático.
[*]Meme es un término inventado por Richard Dawkins y que podría definirse como una unidad de información cultural transferible de una persona a otra. Ejemplos de memes serían las frases hechas que se popularizan, los eslógans felices, las modas etc. Para mí esa foto se convirtió en el meme simbólico de la ambición de los escaladores.
[**]¡Válgame el cielo, qué veo!
¡Válgame el cielo, qué miro!
Con poco espanto lo admiro,
con mucha duda lo creo.
¿Yo en palacios suntuosos?
¿Yo entre telas y brocados?
¿Yo cercado de criados
tan lucidos y briosos?
¿Yo despertar de dormir
en lecho tan excelente?
¿Yo en medio de tanta gente
que me sirva de vestir?
Decir que sueño es engaño;
bien sé que despierto estoy.
¿Yo Segismundo no soy?
Dadme, cielos, desengaño.
Decidme: ¿qué pudo ser
esto que a mi fantasía
sucedió mientras dormía,
que aquí me he llegado a ver?
Pero sea lo que fuere,
¿quién me mete en discurrir?
Dejarme quiero servir,
y venga lo que viniere.
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