Aristócratas y escaladores
Asesinatos de Diseño (3)
(Nota: este trabajo ha sido escrito antes del atentado del 30 de diciembre en Barajas)

(Nota: este trabajo ha sido escrito antes del atentado del 30 de diciembre en Barajas)

El modelo que a mi entender mejor conviene a la realidad de los actores de la negociación entre el señor Zapatero y los dirigentes terroristas es el de Aristócratas y Escaladores, diseñado, a partir del descrédito del paradigma marxista, por el americano Michael Shapiro y refinado elegantemente por Pekka Korhonen, un brillante politólogo finlandés.
Shapiro ve el devenir de las sociedades como la pugna permanente entre el grupo social ascendente, los escaladores (climbers) que quieren convertirse en aristócratas y de estos por impedírselo. Es un esquema sugerente y explicativo, por ejemplo para los extraños movimientos que están teniendo lugar últimamente en la izquierda política europea y latinoamericana. El escalador –y sobre todo sus hijos- pueden finalmente terminar por convertirse en aristócratas o, cuando menos asimilarse a esa casta en la praxis social.
En el lenguaje diario, aristócrata no se asocia con terrorista. Sugiere más bien familia de alcurnia con montones de pergaminos heredados y, en el imaginario burgués, cierta decadencia plácida y gatoparda. Pero en términos de dialéctica histórica el concepto puede servir para designar una realidad polivalente, más relacional y dinámica, como por ejemplo la de los líderes terroristas vascos y el grupo social que se reconoce en el señor Zapatero.
Desde el punto vista de Shapiro y Kerhonen, una aristocracia surge cuando un estamento o una casta accede a una situación hegemónica de poder y riqueza comparativa durante un tiempo suficiente para que tal estado de cosas empiece a parecer natural, parte de la estructura inherente del mundo real. Por ejemplo, hasta la implosión del sistema comunista las nomenklaturas de los países bajo dominio soviético fueron un estamento claramente aristocrático.
El modelo es tan inquietante como eficaz para describir el comportamiento de las elites sociales. Se puede, por supuesto, argüir que un esquema tan simple puede aplicarse no sólo a la negociación entre ETA y el gobierno español, sino a cualquier situación de antagonismo histórico, pero que no describe suficientemente la complejidad de la infinita gama de situaciones sociales intermedias. Sin embargo, también es cierto que los grupos secundarios a la contradicción principal –por ejemplo, en el caso de la negociación sobre el futuro del País Vasco, el sector representado por el PNV o el PSE- son, a la vez, escaladores y aristocráticos, escenario clásico en las estructuras burocráticas, tanto en contextos democráticos como totalitarios, que por una parte defienden los aspectos del statu-quo que les son favorables (carácter aristocrático) y por otro maniobran, en el espacio que les dejan los negociadores principales, para obtener un nuevo marco de referencia que les garantice el disfrute sensual del poder y los privilegios (carácter escalador).
* En torno a la mesa de negociación que, en teoría, debería poner fin al terrorismo milenarista vasco, la partida se juega entre los aristócratas de la muerte que son los dirigentes de ETA y una cuadrilla de políticos profesionales de la joven democracia española, capitaneados por el señor Zapatero, escaladores sociales natos. La diferencia es que los líderes terroristas juegan al ajedrez (sin reloj) y Zapatero y sus socios al parchís, los unos estudiando sin descanso y metódicamente las partidas de los grandes maestros, desde Sun-Tzu a Nguyen Giap, y los otros confiando en que les sean favorables el dado y el cubilete.
* Para el escalador social, el tiempo es la dimensión crucial y su deidad la suerte. Su objetivo existencial puede medirse en tiempo necesario en el poder para asegurarse el acceso a la riqueza o, al menos, al desahogo económico, para entrar y ser aceptado en el círculo de poder del Old Money y sacar los pies de las arenas movedizas de la mediocridad. Sus virtudes son el empuje, el realismo y la astucia (calidades que, por supuesto, pueden formularse también en forma negativa: agresividad, oportunismo e hipocresía). Los políticos profesionales que se reconocen en el señor Zapatero viven lo político como medio de vida y campo de desarrollo personal, una especie de carrera de obstáculos hacia una meta siempre presente y siempre móvil. La metáfora de sus vidas es la carrera contra el reloj; su ciclo vital y de actuación tiene por mojones las citas electorales, verdaderos hitos zodiacales.
* Para el aristócrata de la muerte, en cambio, el tiempo es algo irrelevante existencialmente hablando. Al aristócrata de Shapiro el espacio le importa mucho más que el tiempo. Su fijación es controlar, poseer, sin cortapisas, el espacio, un territorio donde su voluntad sea, literalmente, la ley y donde el sueño más monstruoso que pueda producir su razón sea acatado como canon lógico y estético. Los aristocráticos dirigentes etarras viven en un ámbito temporal circular, supeditando lo individual a la meta utópica final, vagamente descrita por sus clásicos, o, más sutilmente, sacrificando al sendero (luminoso, por supuesto) que conduce a la Itaca imposible pero no impensable.
* Para el escalador la muerte es el fin de su sueño, pero para el dirigente terrorista es una herramienta de trabajo primordial, un medio para alcanzar el fin utópico que trasciende a la existencia física personal del revolucionario. Es preciso recordar también que el arma definitiva del líder terrorista no es tanto la muerte en sí sino la disposición a utilizarla a discreción, la negación que hace del tabú más básico de las sociedades en paz. Dice bien Pekka Kerhonen que la aristocracia cristaliza como casta o estamento político en situaciones estáticas (noción que implica, más allá de toda valoración, una estabilidad) y que sus miembros no van nunca a ver razones para cambiar cualitativamente la lógica que rige su mundo y que hace el hoy similar al ayer y el mañana al hoy. Y nada es más estático y definitorio de una era, de un mundo en sentido temporal (como cuando decimos “el mundo del Renacimiento” o “el mundo del vanguardismo soviético”), que el significado que se le da a la muerte.
* Herederos del darwinismo social del siglo XIX, los dirigentes de ETA ven la vida de sus semejantes como moneda de cambio en la mesa de negociación y mandar asesinar a este o aquél no es el capricho del autócrata sino el resultado de aplicar una función costo/beneficio bien definida.
En resumen, los líderes terroristas ejercen un poder extraordinario sobre la sociedad vasca desde hace ya tanto tiempo que son una verdadera aristocracia, ante la cual se inclinan (y pagan tributo) las demás elites. Como los sultanes otomanos, siempre llevan al verdugo, verdadera fuente de su poder, a dos pasos por detrás, por si fueran necesarios sus servicios, pero aún más como signo externo de majestad. La cuestión de su legitimación, ante sí mismos y ante los demás, es menos evidente.
Un último apunte para cualificar el concepto nada etimológico de aristocracia que utilizamos aquí.
* La(s) aristocracia(s) se basa(n) en el mantenimiento de diferencias sociales, étnicas, religiosas, y hasta lingüísticas (Kerkhonen) Yo añadiría que la condición necesaria para la supervivencia de una casta aristocrática es que haya podido poner en funcionamiento un sistema eficaz de autoreproducción, generalmente por cooptación.
Los nacionalismos étnicos y los movimientos xenófobos, siempre muy aristocratizantes, suelen tener mecanismos bien articulados para definir el “nosotros”, el “ellos” y la zona transicional, así como un marco normativo más o menos explícito para el acceso de nuevos miembros. Del mismo modo, en los sistemas totalitarios y los dictatoriales siempre existe un “sistema subyacente” que codifica la verdadera regla del juego para el ascenso social.
Shapiro ve el devenir de las sociedades como la pugna permanente entre el grupo social ascendente, los escaladores (climbers) que quieren convertirse en aristócratas y de estos por impedírselo. Es un esquema sugerente y explicativo, por ejemplo para los extraños movimientos que están teniendo lugar últimamente en la izquierda política europea y latinoamericana. El escalador –y sobre todo sus hijos- pueden finalmente terminar por convertirse en aristócratas o, cuando menos asimilarse a esa casta en la praxis social.
En el lenguaje diario, aristócrata no se asocia con terrorista. Sugiere más bien familia de alcurnia con montones de pergaminos heredados y, en el imaginario burgués, cierta decadencia plácida y gatoparda. Pero en términos de dialéctica histórica el concepto puede servir para designar una realidad polivalente, más relacional y dinámica, como por ejemplo la de los líderes terroristas vascos y el grupo social que se reconoce en el señor Zapatero.
Desde el punto vista de Shapiro y Kerhonen, una aristocracia surge cuando un estamento o una casta accede a una situación hegemónica de poder y riqueza comparativa durante un tiempo suficiente para que tal estado de cosas empiece a parecer natural, parte de la estructura inherente del mundo real. Por ejemplo, hasta la implosión del sistema comunista las nomenklaturas de los países bajo dominio soviético fueron un estamento claramente aristocrático.
El modelo es tan inquietante como eficaz para describir el comportamiento de las elites sociales. Se puede, por supuesto, argüir que un esquema tan simple puede aplicarse no sólo a la negociación entre ETA y el gobierno español, sino a cualquier situación de antagonismo histórico, pero que no describe suficientemente la complejidad de la infinita gama de situaciones sociales intermedias. Sin embargo, también es cierto que los grupos secundarios a la contradicción principal –por ejemplo, en el caso de la negociación sobre el futuro del País Vasco, el sector representado por el PNV o el PSE- son, a la vez, escaladores y aristocráticos, escenario clásico en las estructuras burocráticas, tanto en contextos democráticos como totalitarios, que por una parte defienden los aspectos del statu-quo que les son favorables (carácter aristocrático) y por otro maniobran, en el espacio que les dejan los negociadores principales, para obtener un nuevo marco de referencia que les garantice el disfrute sensual del poder y los privilegios (carácter escalador).
* En torno a la mesa de negociación que, en teoría, debería poner fin al terrorismo milenarista vasco, la partida se juega entre los aristócratas de la muerte que son los dirigentes de ETA y una cuadrilla de políticos profesionales de la joven democracia española, capitaneados por el señor Zapatero, escaladores sociales natos. La diferencia es que los líderes terroristas juegan al ajedrez (sin reloj) y Zapatero y sus socios al parchís, los unos estudiando sin descanso y metódicamente las partidas de los grandes maestros, desde Sun-Tzu a Nguyen Giap, y los otros confiando en que les sean favorables el dado y el cubilete.
* Para el escalador social, el tiempo es la dimensión crucial y su deidad la suerte. Su objetivo existencial puede medirse en tiempo necesario en el poder para asegurarse el acceso a la riqueza o, al menos, al desahogo económico, para entrar y ser aceptado en el círculo de poder del Old Money y sacar los pies de las arenas movedizas de la mediocridad. Sus virtudes son el empuje, el realismo y la astucia (calidades que, por supuesto, pueden formularse también en forma negativa: agresividad, oportunismo e hipocresía). Los políticos profesionales que se reconocen en el señor Zapatero viven lo político como medio de vida y campo de desarrollo personal, una especie de carrera de obstáculos hacia una meta siempre presente y siempre móvil. La metáfora de sus vidas es la carrera contra el reloj; su ciclo vital y de actuación tiene por mojones las citas electorales, verdaderos hitos zodiacales.
* Para el aristócrata de la muerte, en cambio, el tiempo es algo irrelevante existencialmente hablando. Al aristócrata de Shapiro el espacio le importa mucho más que el tiempo. Su fijación es controlar, poseer, sin cortapisas, el espacio, un territorio donde su voluntad sea, literalmente, la ley y donde el sueño más monstruoso que pueda producir su razón sea acatado como canon lógico y estético. Los aristocráticos dirigentes etarras viven en un ámbito temporal circular, supeditando lo individual a la meta utópica final, vagamente descrita por sus clásicos, o, más sutilmente, sacrificando al sendero (luminoso, por supuesto) que conduce a la Itaca imposible pero no impensable.
* Para el escalador la muerte es el fin de su sueño, pero para el dirigente terrorista es una herramienta de trabajo primordial, un medio para alcanzar el fin utópico que trasciende a la existencia física personal del revolucionario. Es preciso recordar también que el arma definitiva del líder terrorista no es tanto la muerte en sí sino la disposición a utilizarla a discreción, la negación que hace del tabú más básico de las sociedades en paz. Dice bien Pekka Kerhonen que la aristocracia cristaliza como casta o estamento político en situaciones estáticas (noción que implica, más allá de toda valoración, una estabilidad) y que sus miembros no van nunca a ver razones para cambiar cualitativamente la lógica que rige su mundo y que hace el hoy similar al ayer y el mañana al hoy. Y nada es más estático y definitorio de una era, de un mundo en sentido temporal (como cuando decimos “el mundo del Renacimiento” o “el mundo del vanguardismo soviético”), que el significado que se le da a la muerte.
* Herederos del darwinismo social del siglo XIX, los dirigentes de ETA ven la vida de sus semejantes como moneda de cambio en la mesa de negociación y mandar asesinar a este o aquél no es el capricho del autócrata sino el resultado de aplicar una función costo/beneficio bien definida.
En resumen, los líderes terroristas ejercen un poder extraordinario sobre la sociedad vasca desde hace ya tanto tiempo que son una verdadera aristocracia, ante la cual se inclinan (y pagan tributo) las demás elites. Como los sultanes otomanos, siempre llevan al verdugo, verdadera fuente de su poder, a dos pasos por detrás, por si fueran necesarios sus servicios, pero aún más como signo externo de majestad. La cuestión de su legitimación, ante sí mismos y ante los demás, es menos evidente.
Un último apunte para cualificar el concepto nada etimológico de aristocracia que utilizamos aquí.
* La(s) aristocracia(s) se basa(n) en el mantenimiento de diferencias sociales, étnicas, religiosas, y hasta lingüísticas (Kerkhonen) Yo añadiría que la condición necesaria para la supervivencia de una casta aristocrática es que haya podido poner en funcionamiento un sistema eficaz de autoreproducción, generalmente por cooptación.
Los nacionalismos étnicos y los movimientos xenófobos, siempre muy aristocratizantes, suelen tener mecanismos bien articulados para definir el “nosotros”, el “ellos” y la zona transicional, así como un marco normativo más o menos explícito para el acceso de nuevos miembros. Del mismo modo, en los sistemas totalitarios y los dictatoriales siempre existe un “sistema subyacente” que codifica la verdadera regla del juego para el ascenso social.
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