viernes, enero 26, 2007

Asimetrías

Asesinatos de Diseño (2)

Con la negociación de los líderes de ETA con el señor Zapatero como telón de fondo, se impone una reflexión en profundidad sobre la enorme asimetría de los interlocutores, independientemente de toda consideración moral o ética y de las reservas que uno pueda tener sobre sus legitimidades respectivas.

Más que de hombre de estado, el señor Zapatero me proyecta la imagen del representante corporativo de una casta de profesionales de la política no demasiado cultos , carentes de tradición democrática, obsesionados por sus intereses inmediatos y poco o nada dispuestos a embarcarse en proyectos que se midan en décadas.

Es muy probable que el condicionante de fondo de esta negociación, y a la vez lo que la singulariza, sea la gran asimetría de sus actores, empezando por sus enfoques del hecho negociador, que esbozaba en el artículo anterior. Ahora quisiera aproximarme a sus intereses existenciales y condicionamientos culturales. Me temo que los dirigentes terroristas conocen y entienden mucho mejor al señor Zapatero que él a ellos.

El jefe del gobierno español afronta la negociación con esos subvertidores profesionales con un bagaje intelectual bastante modesto: un Habermas de prontuario, una ideología antisistema anacrónica y el diálogo como panacea, casi en clave sindical europea de los años 70, de eterna partición de la pera en dos. Es el fast-food político y el microondas intelectual frente a los dirigentes de ETA, profesionales del terror que han tenido, como Fidel Castro, diez lustros para refinar su particular saber hacer.
Da la impresión de que la vida profesional del presidente Zapatero ha estado orientada a ganar el sustento de su familia con la actividad política y a sobrenadar en las intrigas internas de su partido. No debe sorprender por tanto que lo mejor de su esfuerzo intelectual no haya ido a concebir vastos proyectos de gobierno sino a urdir, entre bastidores, acuerdos opacos para conciliar avideces personales y disputas de clan, la miseria inevitable (¿necesaria?) de la política democrática en tiempo de paz. El suyo es un recorrido que puede resultar hasta meritorio para quienes creen que la mejor metáfora de la política es una cadena de montaje taylorista dedicada a producir mínimos denominadores comunes entre posturas divergentes y compromisos entre ambiciones enfrentadas. Pero no estoy seguro que esa experiencia vital sea suficiente para gobernar un país de 44 millones de habitantes, y no digamos ya para negociar con los administradores del terror en el País Vasco.

* Los líderes terroristas tienen un nivel cultural alto. Han convertido en un arte la generación y modulación de la violencia física y psíquica. Sobre todo, se consideran, se saben, en guerra (por la inmejorable razón de que la han declarado ellos) y ante ese hecho fundacional, el señor Zapatero no tiene discurso.

La ilusión posmoderna de que todo conflicto es evitable mediante el diálogo y un reparto más equitativo del botín fiscal es de una eficacia problemática con esa gente. De partida, porque ese esquema requiere que exista entre los contrincantes una base muy amplia y sólida de consenso sobre cual es el carácter y el objeto del conflicto.

* En contraste con los líderes de ETA, el presidente español y sus amigos no ven el conflicto vasco como una guerra, sino como una anomalía, el fruto de una especie de enorme y trágico malentendido. Lo perciben como un absurdo obstáculo para el gozo sensual del poder, consecuencia de la cerrazón al diálogo del gobierno anterior y la dinámica de fanatismos enfrentados de gente truculenta que no sabe vivir "con buen rollito". Piensan los amigos del señor Zapatero, la mayoría honestamente, que, a fin de cuentas, los líderes terroristas no tienen razones de interés personal para seguir manteniendo la actividad terrorista y que, al final del día, para que dejen de asesinar basta hablar con ellos suficiente tiempo, con comprensión y frases mágicas –paz, solidaridad, diálogo, respeto, multiculturalismo, etc.- unidas a darles la bienvenida al reparto del poder sin sobresaltos.

Desde el propio postmodernismo, con una buena dosis de displicencia, se puede calificar a la organización ETA de mero zombi de la guerra fría y deducir que sus dirigentes no pueden aspirar a hacer la revolución y convertir al País Vasco en el faro de una nueva utopía europea. A partir de ahí, si conviene a la línea argumental del que habla, cabe dar por sentado que a los líderes del terrorismo vasco sólo les queda una opción razonable: llegar a un acuerdo que les permita "una salida digna con el gobierno del señor Zapatero." Y, tras el armisticio, por supuesto, desistir de lo que sus adversarios llaman terrorismo y ellos lucha armada e incorporarse a la casta de políticos profesionales… y dedicar sus esfuerzos a mejorar las pensiones de los jubilados en lugar de a diseñar y ordenar asesinatos.
Nada impide a un caníbal volverse vegetariano si se le trata con dulzura, parece decir el señor Zapatero con su Habermas de solapa de libro.
* Con un punto de tremendismo, a ese optimismo hiperbondadoso se le puede oponer el número de fábulas de la lechera pacifista que han terminado en hornos crematorios. Pero es más positivo analizar las narrativas ideológicas respectivas de ETA y el señor Zapatero, sin olvidar los condicionantes externos tanto del gobierno español como de los líderes terroristas a la hora de ponerse de acuerdo sobre el futuro.

No hay que ser Carl von Clausewitz para entender que los conflictos bélicos, o sea, aquellos cuyo referente central es la eliminación física del adversario, sólo terminan sin ambigüedad mediante la victoria militar de uno de los participantes. Un final negociado implica un ámbito de imprecisión y, finalmente, como apuntaba antes, una negociación sólo puede desembocar en un acuerdo estable cuando confluyen las narrativas en presencia.

Además, cuando uno de de los contendientes, como en el caso vasco, es una organización terrorista, la comunicación se convierte en la dimensión principal de la externalización del conflicto, lo cual otorga una primacía especial a la retórica como arma. En el caso de España y el terrorismo vasco, es evidente la hegemonía de lo retórico, la cual a menudo enmascara la paradójica relación de asimetría y, al tiempo, de complementariedad objetiva entre las partes en torno a esa mesa de negociación.

Si se puede hablar de victoria de los terroristas en España, creo que es, sobre todo, porque han logrado imponer desde hace ya bastantes años su retórica a la sociedad vasca, particularmente la sinécdoque sistemática, y un discurso público que es esencialmente el eufemismo que no cesa, multiforme, autoalimentado, hecho de miradas esquivas, cuando no obstinadamente clavadas en ese espacio de vergüenza de la punta de los propios pies cuando da miedo mirar ante sí.