Papelinas de utopía, sueño de mediocridad
En España, a la revuelta contra la miseria ha seguido sin solución de continuidad la lucha por la mediocridad . El triunfo de lo mediocre, del mínimo común denominador, es parte esencial del modelo de estado feudal burocrático típico de la Europa meridional.
Y digo esencial porque es el cemento, que mantiene unidas las partes, diferenciando, por ejemplo, al conjunto de los nacionalismos periféricos españoles de un mero enjambre de reinos de taifas y a sus dirigentes de bandas sicilianas en eterna pelea territorial.
Lo obtuso del nacionalismo vasco puede competir con la insignificancia intelectual del catalán y el bizantinismo artificial del gallego, pero es en su mediocridad común donde los tres nacionalismos liliput devienen proyecto político unitario de unas elites incapaces de otra legitimidad que no sea su aldeanismo insigne. Es la mediocridad y el instinto de rentistas lo que da una unidad a sus proyectos.
Para que las elites aldeanas sigan en el poder es imprescindible que los ciudadanos sean aún más mediocres que los dirigentes, para que estos puedan manipularles a mansalva. Por eso, en la rancia tradición de los totalitarismos, los caciques nacionalistas dedican primero gran parte de sus energías a controlar los sistemas educativos, para dar continuidad en el tiempo a su hegemonía. En segundo lugar, los líderes nacionalistas generan narrativas cuya falsedad ha de ser dinámica para hacer frente a las urgencias del cotidiano en la era de Internet, falsedad que se justifica intramuros por el superior interés patriótico: mentimos, sí; mentimos continuamente, cierto; pero es por el bien de nuestro cortijo, digo, de nuestra patria.
El modelo social de los caciques españoles de esas artificiosas naciones sin estado es, en el fondo, el mismo que produjo estados fallidos como Honduras o Nicaragua, creaciones a medida de las pequeñas oligarquías locales, o Panamá como contenedor de una magna obra de ingeniería: el patriotismo funcionalista sirve para garantizar a una cuadrilla de notables pueblerinos un coto privado de caza de dinero público y un ejercicio monopolístico del poder que no podrían tener si hubieran de competir en un mundo abierto, globalizado. En realidad pienso que los oligarcas centroamericanos que se fabricaron sus paisitos hace va para dos siglos y los caciques catalanes, vascos, etc. de hoy son frutos enfermizos de un mismo modelo cultural que llegó tarde y mal a la modernidad.
La forma en que se ha articulado el encuentro histórico de los caciques patrióticos y los supuestos revolucionarios utópicos es un buen tema para la reflexión histórica. En España como en América, pero también en otros contextos culturales los fondos de comercio demagógico de los enemigos del liberalismo se fusionan con lógica de cartel: en la Alemania volkish, entre los paneslavos de cerebro reblandecido, en el Japón del primer tercio del siglo XX o el Edén burocrático en decadencia de la Francia de Chirac.
Cartel aquí es polisémico, pero lo utilizo en el sentido clásico de la ciencia económica: actores que en vez de competir se ponen de acuerdo para impedir la libertad de la gente para elegir.
Antes de volver sobre la mediocridad, esa clave de bóveda del modelo burocrático postmoderno, vamos a dedicar un momento a las utopías.
¿Qué es una utopía, a fin de cuentas? Es el proyecto que no sabe dejar de serlo. La extrapolación del hoy si no fuera como es y nosotros fuéramos de otra manera y de las fuentes manara miel, las abejas no tuvieran aguijón y las rosas espinas. También es la zanahoria atada a un palo que pende delante del eterno burro que atiende por Pueblo y que cabalgan los eternos vendedores de sueños; o el hachís de los sucesivos Viejos de la Montaña; o el aguardiente saltaparapetos; o el libro sagrado del jihadista; o la promesa de que la pensión del jubilado mantendrá su valor o de que Cataluña es lo que los catalanistas dicen que es o Euskadi lo que pretenden asesinos, mafiosos y mitómanos colectivistas. Ungüento de serpiente, invocación de curandero, promesa de mañanas radiantes comprados a plazos de asesinatos, acosos y vilezas. La utopía es, en su plenitud, la mentira que busca el tiempo circular, cóncavo.
El eslabón perdido que une al nacionalista volkish y al socialista utópico es que ambos venden afirmaciones que cualquier contraste serio con la realidad muestra que son falsas, o sea, mentiras, pero que se las arreglan para convertirlas en inverificables para la inmensa mayoría de la población. Digo que la utopía busca el tiempo circular porque el nacionalista miente sobre el pasado y el socialista sobre el futuro; el nacionalsocialismo cierra el círculo cósmico de la mentira. Es un tiempo cóncavo porque evoca la caverna de Platón, el mundo autocontenido y cerrado, controlado por castas aristocráticas locales sin competencia externa.
Allá va un ejemplo: un triste embaucador habla de un pueblo vasco que hunde sus raíces en la prehistoria para alabar el narcisismo de una población mantenida, a sangre fría, en la ignorancia o –por ser más finos- en la incultura; adula a ese narcisismo para obtener unos votos que le permitan mantener en pie un edificio de clientelismo y mafiosità. Un día topa con un colega suyo que vende anticapitalismo, antiglobalización, antisistema y anda diciendo que otro mundo es posible siempre que le dejen a él preocuparse de diseñarlo y dirigir la marcha del burro Pueblo hacia un valle donde las zanahorias crecen de los alcornoques.
Ambos embaucadores firman un pacto para repartirse el poder de aquí a la eternidad formando lo que Antonio Gramsci llamaba Bloque Histórico, Stalin la resolución del problema de las nacionalidades, Mao Tzedong un programa democrático de frente patriótico, Thurman Arnold, un cartel y yo una asociación para delinquir. Como decía antes, la lógica del nacionalsocialismo es el cartel, o sea, la asociación de una serie de productores o vendedores (de ideas, de mitos…) que se ponen de acuerdo para adquirir una posición de dominio monopólico de facto de un mercado de productos o de ideas o de ambos.
En el fondo, de lo que se trata es de diversificar la oferta de mentiras placenteras:
Heroína y cocaína, anfetaminas y barbitúricos. Socialismo y nacionalismo.
Y digo esencial porque es el cemento, que mantiene unidas las partes, diferenciando, por ejemplo, al conjunto de los nacionalismos periféricos españoles de un mero enjambre de reinos de taifas y a sus dirigentes de bandas sicilianas en eterna pelea territorial.
Lo obtuso del nacionalismo vasco puede competir con la insignificancia intelectual del catalán y el bizantinismo artificial del gallego, pero es en su mediocridad común donde los tres nacionalismos liliput devienen proyecto político unitario de unas elites incapaces de otra legitimidad que no sea su aldeanismo insigne. Es la mediocridad y el instinto de rentistas lo que da una unidad a sus proyectos.
Para que las elites aldeanas sigan en el poder es imprescindible que los ciudadanos sean aún más mediocres que los dirigentes, para que estos puedan manipularles a mansalva. Por eso, en la rancia tradición de los totalitarismos, los caciques nacionalistas dedican primero gran parte de sus energías a controlar los sistemas educativos, para dar continuidad en el tiempo a su hegemonía. En segundo lugar, los líderes nacionalistas generan narrativas cuya falsedad ha de ser dinámica para hacer frente a las urgencias del cotidiano en la era de Internet, falsedad que se justifica intramuros por el superior interés patriótico: mentimos, sí; mentimos continuamente, cierto; pero es por el bien de nuestro cortijo, digo, de nuestra patria.
El modelo social de los caciques españoles de esas artificiosas naciones sin estado es, en el fondo, el mismo que produjo estados fallidos como Honduras o Nicaragua, creaciones a medida de las pequeñas oligarquías locales, o Panamá como contenedor de una magna obra de ingeniería: el patriotismo funcionalista sirve para garantizar a una cuadrilla de notables pueblerinos un coto privado de caza de dinero público y un ejercicio monopolístico del poder que no podrían tener si hubieran de competir en un mundo abierto, globalizado. En realidad pienso que los oligarcas centroamericanos que se fabricaron sus paisitos hace va para dos siglos y los caciques catalanes, vascos, etc. de hoy son frutos enfermizos de un mismo modelo cultural que llegó tarde y mal a la modernidad.
La forma en que se ha articulado el encuentro histórico de los caciques patrióticos y los supuestos revolucionarios utópicos es un buen tema para la reflexión histórica. En España como en América, pero también en otros contextos culturales los fondos de comercio demagógico de los enemigos del liberalismo se fusionan con lógica de cartel: en la Alemania volkish, entre los paneslavos de cerebro reblandecido, en el Japón del primer tercio del siglo XX o el Edén burocrático en decadencia de la Francia de Chirac.
Cartel aquí es polisémico, pero lo utilizo en el sentido clásico de la ciencia económica: actores que en vez de competir se ponen de acuerdo para impedir la libertad de la gente para elegir.
Antes de volver sobre la mediocridad, esa clave de bóveda del modelo burocrático postmoderno, vamos a dedicar un momento a las utopías.
¿Qué es una utopía, a fin de cuentas? Es el proyecto que no sabe dejar de serlo. La extrapolación del hoy si no fuera como es y nosotros fuéramos de otra manera y de las fuentes manara miel, las abejas no tuvieran aguijón y las rosas espinas. También es la zanahoria atada a un palo que pende delante del eterno burro que atiende por Pueblo y que cabalgan los eternos vendedores de sueños; o el hachís de los sucesivos Viejos de la Montaña; o el aguardiente saltaparapetos; o el libro sagrado del jihadista; o la promesa de que la pensión del jubilado mantendrá su valor o de que Cataluña es lo que los catalanistas dicen que es o Euskadi lo que pretenden asesinos, mafiosos y mitómanos colectivistas. Ungüento de serpiente, invocación de curandero, promesa de mañanas radiantes comprados a plazos de asesinatos, acosos y vilezas. La utopía es, en su plenitud, la mentira que busca el tiempo circular, cóncavo.
El eslabón perdido que une al nacionalista volkish y al socialista utópico es que ambos venden afirmaciones que cualquier contraste serio con la realidad muestra que son falsas, o sea, mentiras, pero que se las arreglan para convertirlas en inverificables para la inmensa mayoría de la población. Digo que la utopía busca el tiempo circular porque el nacionalista miente sobre el pasado y el socialista sobre el futuro; el nacionalsocialismo cierra el círculo cósmico de la mentira. Es un tiempo cóncavo porque evoca la caverna de Platón, el mundo autocontenido y cerrado, controlado por castas aristocráticas locales sin competencia externa.
Allá va un ejemplo: un triste embaucador habla de un pueblo vasco que hunde sus raíces en la prehistoria para alabar el narcisismo de una población mantenida, a sangre fría, en la ignorancia o –por ser más finos- en la incultura; adula a ese narcisismo para obtener unos votos que le permitan mantener en pie un edificio de clientelismo y mafiosità. Un día topa con un colega suyo que vende anticapitalismo, antiglobalización, antisistema y anda diciendo que otro mundo es posible siempre que le dejen a él preocuparse de diseñarlo y dirigir la marcha del burro Pueblo hacia un valle donde las zanahorias crecen de los alcornoques.
Ambos embaucadores firman un pacto para repartirse el poder de aquí a la eternidad formando lo que Antonio Gramsci llamaba Bloque Histórico, Stalin la resolución del problema de las nacionalidades, Mao Tzedong un programa democrático de frente patriótico, Thurman Arnold, un cartel y yo una asociación para delinquir. Como decía antes, la lógica del nacionalsocialismo es el cartel, o sea, la asociación de una serie de productores o vendedores (de ideas, de mitos…) que se ponen de acuerdo para adquirir una posición de dominio monopólico de facto de un mercado de productos o de ideas o de ambos.
En el fondo, de lo que se trata es de diversificar la oferta de mentiras placenteras:
- uno vende papelinas de pasado adulterado con mitos,
- el otro propone jeringuillas cargadas con dictadura del proletariado o angélicas solidaridades inconcretas.
Heroína y cocaína, anfetaminas y barbitúricos. Socialismo y nacionalismo.
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