sábado, enero 27, 2007

Papelinas de utopía, sueño de mediocridad

En España, a la revuelta contra la miseria ha seguido sin solución de continuidad la lucha por la mediocridad . El triunfo de lo mediocre, del mínimo común denominador, es parte esencial del modelo de estado feudal burocrático típico de la Europa meridional.

Y digo esencial porque es el cemento, que mantiene unidas las partes, diferenciando, por ejemplo, al conjunto de los nacionalismos periféricos españoles de un mero enjambre de reinos de taifas y a sus dirigentes de bandas sicilianas en eterna pelea territorial.

Lo obtuso del nacionalismo vasco puede competir con la insignificancia intelectual del catalán y el bizantinismo artificial del gallego, pero es en su mediocridad común donde los tres nacionalismos liliput devienen proyecto político unitario de unas elites incapaces de otra legitimidad que no sea su aldeanismo insigne. Es la mediocridad y el instinto de rentistas lo que da una unidad a sus proyectos.

Para que las elites aldeanas sigan en el poder es imprescindible que los ciudadanos sean aún más mediocres que los dirigentes, para que estos puedan manipularles a mansalva. Por eso, en la rancia tradición de los totalitarismos, los caciques nacionalistas dedican primero gran parte de sus energías a controlar los sistemas educativos, para dar continuidad en el tiempo a su hegemonía. En segundo lugar, los líderes nacionalistas generan narrativas cuya falsedad ha de ser dinámica para hacer frente a las urgencias del cotidiano en la era de Internet, falsedad que se justifica intramuros por el superior interés patriótico: mentimos, sí; mentimos continuamente, cierto; pero es por el bien de nuestro cortijo, digo, de nuestra patria.

El modelo social de los caciques españoles de esas artificiosas naciones sin estado es, en el fondo, el mismo que produjo estados fallidos como Honduras o Nicaragua, creaciones a medida de las pequeñas oligarquías locales, o Panamá como contenedor de una magna obra de ingeniería: el patriotismo funcionalista sirve para garantizar a una cuadrilla de notables pueblerinos un coto privado de caza de dinero público y un ejercicio monopolístico del poder que no podrían tener si hubieran de competir en un mundo abierto, globalizado. En realidad pienso que los oligarcas centroamericanos que se fabricaron sus paisitos hace va para dos siglos y los caciques catalanes, vascos, etc. de hoy son frutos enfermizos de un mismo modelo cultural que llegó tarde y mal a la modernidad.

La forma en que se ha articulado el encuentro histórico de los caciques patrióticos y los supuestos revolucionarios utópicos es un buen tema para la reflexión histórica. En España como en América, pero también en otros contextos culturales los fondos de comercio demagógico de los enemigos del liberalismo se fusionan con lógica de cartel: en la Alemania volkish, entre los paneslavos de cerebro reblandecido, en el Japón del primer tercio del siglo XX o el Edén burocrático en decadencia de la Francia de Chirac.

Cartel aquí es polisémico, pero lo utilizo en el sentido clásico de la ciencia económica: actores que en vez de competir se ponen de acuerdo para impedir la libertad de la gente para elegir.

Antes de volver sobre la mediocridad, esa clave de bóveda del modelo burocrático postmoderno, vamos a dedicar un momento a las utopías.

¿Qué es una utopía, a fin de cuentas? Es el proyecto que no sabe dejar de serlo. La extrapolación del hoy si no fuera como es y nosotros fuéramos de otra manera y de las fuentes manara miel, las abejas no tuvieran aguijón y las rosas espinas. También es la zanahoria atada a un palo que pende delante del eterno burro que atiende por Pueblo y que cabalgan los eternos vendedores de sueños; o el hachís de los sucesivos Viejos de la Montaña; o el aguardiente saltaparapetos; o el libro sagrado del jihadista; o la promesa de que la pensión del jubilado mantendrá su valor o de que Cataluña es lo que los catalanistas dicen que es o Euskadi lo que pretenden asesinos, mafiosos y mitómanos colectivistas. Ungüento de serpiente, invocación de curandero, promesa de mañanas radiantes comprados a plazos de asesinatos, acosos y vilezas. La utopía es, en su plenitud, la mentira que busca el tiempo circular, cóncavo.

El eslabón perdido que une al nacionalista volkish y al socialista utópico es que ambos venden afirmaciones que cualquier contraste serio con la realidad muestra que son falsas, o sea, mentiras, pero que se las arreglan para convertirlas en inverificables para la inmensa mayoría de la población. Digo que la utopía busca el tiempo circular porque el nacionalista miente sobre el pasado y el socialista sobre el futuro; el nacionalsocialismo cierra el círculo cósmico de la mentira. Es un tiempo cóncavo porque evoca la caverna de Platón, el mundo autocontenido y cerrado, controlado por castas aristocráticas locales sin competencia externa.

Allá va un ejemplo: un triste embaucador habla de un pueblo vasco que hunde sus raíces en la prehistoria para alabar el narcisismo de una población mantenida, a sangre fría, en la ignorancia o –por ser más finos- en la incultura; adula a ese narcisismo para obtener unos votos que le permitan mantener en pie un edificio de clientelismo y mafiosità. Un día topa con un colega suyo que vende anticapitalismo, antiglobalización, antisistema y anda diciendo que otro mundo es posible siempre que le dejen a él preocuparse de diseñarlo y dirigir la marcha del burro Pueblo hacia un valle donde las zanahorias crecen de los alcornoques.

Ambos embaucadores firman un pacto para repartirse el poder de aquí a la eternidad formando lo que Antonio Gramsci llamaba Bloque Histórico, Stalin la resolución del problema de las nacionalidades, Mao Tzedong un programa democrático de frente patriótico, Thurman Arnold, un cartel y yo una asociación para delinquir. Como decía antes, la lógica del nacionalsocialismo es el cartel, o sea, la asociación de una serie de productores o vendedores (de ideas, de mitos…) que se ponen de acuerdo para adquirir una posición de dominio monopólico de facto de un mercado de productos o de ideas o de ambos.

En el fondo, de lo que se trata es de diversificar la oferta de mentiras placenteras:

  • uno vende papelinas de pasado adulterado con mitos,
  • el otro propone jeringuillas cargadas con dictadura del proletariado o angélicas solidaridades inconcretas.

Heroína y cocaína, anfetaminas y barbitúricos. Socialismo y nacionalismo.

Aristócratas y escaladores

Asesinatos de Diseño (3)

(Nota: este trabajo ha sido escrito antes del atentado del 30 de diciembre en Barajas)


El modelo que a mi entender mejor conviene a la realidad de los actores de la negociación entre el señor Zapatero y los dirigentes terroristas es el de Aristócratas y Escaladores, diseñado, a partir del descrédito del paradigma marxista, por el americano Michael Shapiro y refinado elegantemente por Pekka Korhonen, un brillante politólogo finlandés.

Shapiro ve el devenir de las sociedades como la pugna permanente entre el grupo social ascendente, los escaladores (climbers) que quieren convertirse en aristócratas y de estos por impedírselo. Es un esquema sugerente y explicativo, por ejemplo para los extraños movimientos que están teniendo lugar últimamente en la izquierda política europea y latinoamericana. El escalador –y sobre todo sus hijos- pueden finalmente terminar por convertirse en aristócratas o, cuando menos asimilarse a esa casta en la praxis social.

En el lenguaje diario, aristócrata no se asocia con terrorista. Sugiere más bien familia de alcurnia con montones de pergaminos heredados y, en el imaginario burgués, cierta decadencia plácida y gatoparda. Pero en términos de dialéctica histórica el concepto puede servir para designar una realidad polivalente, más relacional y dinámica, como por ejemplo la de los líderes terroristas vascos y el grupo social que se reconoce en el señor Zapatero.

Desde el punto vista de Shapiro y Kerhonen, una aristocracia surge cuando un estamento o una casta accede a una situación hegemónica de poder y riqueza comparativa durante un tiempo suficiente para que tal estado de cosas empiece a parecer natural, parte de la estructura inherente del mundo real. Por ejemplo, hasta la implosión del sistema comunista las nomenklaturas de los países bajo dominio soviético fueron un estamento claramente aristocrático.

El modelo es tan inquietante como eficaz para describir el comportamiento de las elites sociales. Se puede, por supuesto, argüir que un esquema tan simple puede aplicarse no sólo a la negociación entre ETA y el gobierno español, sino a cualquier situación de antagonismo histórico, pero que no describe suficientemente la complejidad de la infinita gama de situaciones sociales intermedias. Sin embargo, también es cierto que los grupos secundarios a la contradicción principal –por ejemplo, en el caso de la negociación sobre el futuro del País Vasco, el sector representado por el PNV o el PSE- son, a la vez, escaladores y aristocráticos, escenario clásico en las estructuras burocráticas, tanto en contextos democráticos como totalitarios, que por una parte defienden los aspectos del statu-quo que les son favorables (carácter aristocrático) y por otro maniobran, en el espacio que les dejan los negociadores principales, para obtener un nuevo marco de referencia que les garantice el disfrute sensual del poder y los privilegios (carácter escalador).

* En torno a la mesa de negociación que, en teoría, debería poner fin al terrorismo milenarista vasco, la partida se juega entre los aristócratas de la muerte que son los dirigentes de ETA y una cuadrilla de políticos profesionales de la joven democracia española, capitaneados por el señor Zapatero, escaladores sociales natos. La diferencia es que los líderes terroristas juegan al ajedrez (sin reloj) y Zapatero y sus socios al parchís, los unos estudiando sin descanso y metódicamente las partidas de los grandes maestros, desde Sun-Tzu a Nguyen Giap, y los otros confiando en que les sean favorables el dado y el cubilete.

* Para el escalador social, el tiempo es la dimensión crucial y su deidad la suerte. Su objetivo existencial puede medirse en tiempo necesario en el poder para asegurarse el acceso a la riqueza o, al menos, al desahogo económico, para entrar y ser aceptado en el círculo de poder del Old Money y sacar los pies de las arenas movedizas de la mediocridad. Sus virtudes son el empuje, el realismo y la astucia (calidades que, por supuesto, pueden formularse también en forma negativa: agresividad, oportunismo e hipocresía). Los políticos profesionales que se reconocen en el señor Zapatero viven lo político como medio de vida y campo de desarrollo personal, una especie de carrera de obstáculos hacia una meta siempre presente y siempre móvil. La metáfora de sus vidas es la carrera contra el reloj; su ciclo vital y de actuación tiene por mojones las citas electorales, verdaderos hitos zodiacales.

* Para el aristócrata de la muerte, en cambio, el tiempo es algo irrelevante existencialmente hablando. Al aristócrata de Shapiro el espacio le importa mucho más que el tiempo. Su fijación es controlar, poseer, sin cortapisas, el espacio, un territorio donde su voluntad sea, literalmente, la ley y donde el sueño más monstruoso que pueda producir su razón sea acatado como canon lógico y estético. Los aristocráticos dirigentes etarras viven en un ámbito temporal circular, supeditando lo individual a la meta utópica final, vagamente descrita por sus clásicos, o, más sutilmente, sacrificando al sendero (luminoso, por supuesto) que conduce a la Itaca imposible pero no impensable.

* Para el escalador la muerte es el fin de su sueño, pero para el dirigente terrorista es una herramienta de trabajo primordial, un medio para alcanzar el fin utópico que trasciende a la existencia física personal del revolucionario. Es preciso recordar también que el arma definitiva del líder terrorista no es tanto la muerte en sí sino la disposición a utilizarla a discreción, la negación que hace del tabú más básico de las sociedades en paz. Dice bien Pekka Kerhonen que la aristocracia cristaliza como casta o estamento político en situaciones estáticas (noción que implica, más allá de toda valoración, una estabilidad) y que sus miembros no van nunca a ver razones para cambiar cualitativamente la lógica que rige su mundo y que hace el hoy similar al ayer y el mañana al hoy. Y nada es más estático y definitorio de una era, de un mundo en sentido temporal (como cuando decimos “el mundo del Renacimiento” o “el mundo del vanguardismo soviético”), que el significado que se le da a la muerte.

* Herederos del darwinismo social del siglo XIX, los dirigentes de ETA ven la vida de sus semejantes como moneda de cambio en la mesa de negociación y mandar asesinar a este o aquél no es el capricho del autócrata sino el resultado de aplicar una función costo/beneficio bien definida.

En resumen, los líderes terroristas ejercen un poder extraordinario sobre la sociedad vasca desde hace ya tanto tiempo que son una verdadera aristocracia, ante la cual se inclinan (y pagan tributo) las demás elites. Como los sultanes otomanos, siempre llevan al verdugo, verdadera fuente de su poder, a dos pasos por detrás, por si fueran necesarios sus servicios, pero aún más como signo externo de majestad. La cuestión de su legitimación, ante sí mismos y ante los demás, es menos evidente.

Un último apunte para cualificar el concepto nada etimológico de aristocracia que utilizamos aquí.

* La(s) aristocracia(s) se basa(n) en el mantenimiento de diferencias sociales, étnicas, religiosas, y hasta lingüísticas (Kerkhonen) Yo añadiría que la condición necesaria para la supervivencia de una casta aristocrática es que haya podido poner en funcionamiento un sistema eficaz de autoreproducción, generalmente por cooptación.

Los nacionalismos étnicos y los movimientos xenófobos, siempre muy aristocratizantes, suelen tener mecanismos bien articulados para definir el “nosotros”, el “ellos” y la zona transicional, así como un marco normativo más o menos explícito para el acceso de nuevos miembros. Del mismo modo, en los sistemas totalitarios y los dictatoriales siempre existe un “sistema subyacente” que codifica la verdadera regla del juego para el ascenso social.

viernes, enero 26, 2007

Asimetrías

Asesinatos de Diseño (2)

Con la negociación de los líderes de ETA con el señor Zapatero como telón de fondo, se impone una reflexión en profundidad sobre la enorme asimetría de los interlocutores, independientemente de toda consideración moral o ética y de las reservas que uno pueda tener sobre sus legitimidades respectivas.

Más que de hombre de estado, el señor Zapatero me proyecta la imagen del representante corporativo de una casta de profesionales de la política no demasiado cultos , carentes de tradición democrática, obsesionados por sus intereses inmediatos y poco o nada dispuestos a embarcarse en proyectos que se midan en décadas.

Es muy probable que el condicionante de fondo de esta negociación, y a la vez lo que la singulariza, sea la gran asimetría de sus actores, empezando por sus enfoques del hecho negociador, que esbozaba en el artículo anterior. Ahora quisiera aproximarme a sus intereses existenciales y condicionamientos culturales. Me temo que los dirigentes terroristas conocen y entienden mucho mejor al señor Zapatero que él a ellos.

El jefe del gobierno español afronta la negociación con esos subvertidores profesionales con un bagaje intelectual bastante modesto: un Habermas de prontuario, una ideología antisistema anacrónica y el diálogo como panacea, casi en clave sindical europea de los años 70, de eterna partición de la pera en dos. Es el fast-food político y el microondas intelectual frente a los dirigentes de ETA, profesionales del terror que han tenido, como Fidel Castro, diez lustros para refinar su particular saber hacer.
Da la impresión de que la vida profesional del presidente Zapatero ha estado orientada a ganar el sustento de su familia con la actividad política y a sobrenadar en las intrigas internas de su partido. No debe sorprender por tanto que lo mejor de su esfuerzo intelectual no haya ido a concebir vastos proyectos de gobierno sino a urdir, entre bastidores, acuerdos opacos para conciliar avideces personales y disputas de clan, la miseria inevitable (¿necesaria?) de la política democrática en tiempo de paz. El suyo es un recorrido que puede resultar hasta meritorio para quienes creen que la mejor metáfora de la política es una cadena de montaje taylorista dedicada a producir mínimos denominadores comunes entre posturas divergentes y compromisos entre ambiciones enfrentadas. Pero no estoy seguro que esa experiencia vital sea suficiente para gobernar un país de 44 millones de habitantes, y no digamos ya para negociar con los administradores del terror en el País Vasco.

* Los líderes terroristas tienen un nivel cultural alto. Han convertido en un arte la generación y modulación de la violencia física y psíquica. Sobre todo, se consideran, se saben, en guerra (por la inmejorable razón de que la han declarado ellos) y ante ese hecho fundacional, el señor Zapatero no tiene discurso.

La ilusión posmoderna de que todo conflicto es evitable mediante el diálogo y un reparto más equitativo del botín fiscal es de una eficacia problemática con esa gente. De partida, porque ese esquema requiere que exista entre los contrincantes una base muy amplia y sólida de consenso sobre cual es el carácter y el objeto del conflicto.

* En contraste con los líderes de ETA, el presidente español y sus amigos no ven el conflicto vasco como una guerra, sino como una anomalía, el fruto de una especie de enorme y trágico malentendido. Lo perciben como un absurdo obstáculo para el gozo sensual del poder, consecuencia de la cerrazón al diálogo del gobierno anterior y la dinámica de fanatismos enfrentados de gente truculenta que no sabe vivir "con buen rollito". Piensan los amigos del señor Zapatero, la mayoría honestamente, que, a fin de cuentas, los líderes terroristas no tienen razones de interés personal para seguir manteniendo la actividad terrorista y que, al final del día, para que dejen de asesinar basta hablar con ellos suficiente tiempo, con comprensión y frases mágicas –paz, solidaridad, diálogo, respeto, multiculturalismo, etc.- unidas a darles la bienvenida al reparto del poder sin sobresaltos.

Desde el propio postmodernismo, con una buena dosis de displicencia, se puede calificar a la organización ETA de mero zombi de la guerra fría y deducir que sus dirigentes no pueden aspirar a hacer la revolución y convertir al País Vasco en el faro de una nueva utopía europea. A partir de ahí, si conviene a la línea argumental del que habla, cabe dar por sentado que a los líderes del terrorismo vasco sólo les queda una opción razonable: llegar a un acuerdo que les permita "una salida digna con el gobierno del señor Zapatero." Y, tras el armisticio, por supuesto, desistir de lo que sus adversarios llaman terrorismo y ellos lucha armada e incorporarse a la casta de políticos profesionales… y dedicar sus esfuerzos a mejorar las pensiones de los jubilados en lugar de a diseñar y ordenar asesinatos.
Nada impide a un caníbal volverse vegetariano si se le trata con dulzura, parece decir el señor Zapatero con su Habermas de solapa de libro.
* Con un punto de tremendismo, a ese optimismo hiperbondadoso se le puede oponer el número de fábulas de la lechera pacifista que han terminado en hornos crematorios. Pero es más positivo analizar las narrativas ideológicas respectivas de ETA y el señor Zapatero, sin olvidar los condicionantes externos tanto del gobierno español como de los líderes terroristas a la hora de ponerse de acuerdo sobre el futuro.

No hay que ser Carl von Clausewitz para entender que los conflictos bélicos, o sea, aquellos cuyo referente central es la eliminación física del adversario, sólo terminan sin ambigüedad mediante la victoria militar de uno de los participantes. Un final negociado implica un ámbito de imprecisión y, finalmente, como apuntaba antes, una negociación sólo puede desembocar en un acuerdo estable cuando confluyen las narrativas en presencia.

Además, cuando uno de de los contendientes, como en el caso vasco, es una organización terrorista, la comunicación se convierte en la dimensión principal de la externalización del conflicto, lo cual otorga una primacía especial a la retórica como arma. En el caso de España y el terrorismo vasco, es evidente la hegemonía de lo retórico, la cual a menudo enmascara la paradójica relación de asimetría y, al tiempo, de complementariedad objetiva entre las partes en torno a esa mesa de negociación.

Si se puede hablar de victoria de los terroristas en España, creo que es, sobre todo, porque han logrado imponer desde hace ya bastantes años su retórica a la sociedad vasca, particularmente la sinécdoque sistemática, y un discurso público que es esencialmente el eufemismo que no cesa, multiforme, autoalimentado, hecho de miradas esquivas, cuando no obstinadamente clavadas en ese espacio de vergüenza de la punta de los propios pies cuando da miedo mirar ante sí.

ETA y José Luís Rodríguez Zapatero

Asesinatos de Diseño (1)

Reflexión desde París


Jean Monet, gran estadista y padre de la Unión Europea, era de Cognac. Allí tenía la bodega familiar que producía un excelente cognac y se recuerda aún su alegoría política: "Lo mejor de hacer cognac es que, por encima de todo, te enseña a esperar".

El buen cognac presupone materia prima muy específica, una tremenda competencia profesional, paciencia sobrehumana e inteligencia para elaborar un plan minucioso a largo plazo y la fortaleza de carácter para el esfuerzo sostenido a lo largo de muchos años para llevarlo a cabo sin desviar la vista de los objetivos marcados.

Tras varios meses estudiando la actividad del actual gobierno español, estoy tan seguro de que sus miembros nunca podrían elaborar un cognac decente como de la improbabilidad de que hagan un papel digno en la negociación en que se han enzarzado con los dirigentes de ETA. La mayoría de ellos son muy impacientes y confunden la improvisación con la capacidad de reacción; con sus mentes-microondas, el presidente de gobierno y sus ministros se muestran prisioneros del instante y de la gratificación inmediata. Les falta, así pues un componente imprescindible para la gente que hace historia de forma consciente, la paciencia. Los políticos que pacientes pueden aspirar a una vivencia del tiempo en perspectiva histórica y convertirse en estadistas.

Incluso quienes le aprecian reconocen que el señor Rodríguez Zapatero manifiesta en todo lo que aborda una gran impaciencia, una urgencia casi adolescente por conseguir resultados rápidos y susceptibles de incrementar, así sea unas décimas, su capital de popularidad, debilidad que, dicen, llega a dominarle.

Aunque sea comprensible, y hasta aceptable, la adicción de un político democrático a los sondeos, incluso que viva obsesionado por su imagen, esas debilidades son rasgos de carácter desalentadores en un estadista porque le inhabilitan para emprender tareas de envergadura.

La impaciencia y la prisa serían defectos menores si su misión se limitase a una plácida singladura gubernamental dedicada a la gestión, pero para negociar con los avezados líderes de ETA, la organización terrorista más experimentada de Europa, son lastres fatídicos. Frente a los líderes de ETA, me temo que sea un contrincante mediocre en lo analítico y torpe en lo operativo.

Esas insuficiencias de la personalidad del señor Zapatero me sugieren que vive, como tantas cosas en España, con un ciclo histórico de retraso frente a su contemporaneidad. Ese hombre parece anclado en la calma relativa del fin de la guerra fría, cuando Francis Fukuyama soñaba por las esquinas con el fin de la historia como drama. La patología histórica de España, aparte de su tradicional frustración a la hora de consolidar la legitimidad del estado, es su frecuente falta de sintonía con la contemporaneidad, con el devenir global.

La ETA de hoy, con la que tiene que negociar el señor Zapatero, es si duda un producto de la guerra fría, un arma de guerra programada desde los primeros años 80 para desestabilizar el flanco suroccidental de la OTAN. Al monstruo se le murieron sus doctores Frankestein pero siguió respondiendo al chip que le habían implantado en el cerebro, sin más norte que el movimiento continuo, el seguir siendo.

* Los dirigentes del terrorismo vasco no son en absoluto estúpidos, más bien todo lo contrario, y mucho menos torpes. Dudo incluso que los que de verdad mandan ahí dentro sean realmente fanáticos. Tienen en su haber medio siglo de planificar fríamente asesinatos de diseño y su gran logro es haber logrado enraizar el miedo ambiental en la sociedad vasca. No es exagerado decir que son capaces de condicionar todas las formas de actuación social en el País Vasco.

Me permito llamar la atención sobre tres rasgos definitorios de esas personas y su forma de actuación.

•Primero, que han sabido mantener un grado de decisión colegiada insólito en la izquierda revolucionaria, la cual, por naturaleza, siempre tiende al culto a la personalidad y a la dictadura autocrática.

•Segundo, que han desarrollado, como es lógico con una trayectoria revolucionaria tan prolongada, modos de hacer probados, rituales compartidos y mitologías eficaces.

•Por fin, que cincuenta años de clandestinidad han conformado su psique colectiva con un sesgo funcionalista extremo: junto a la minuciosidad burocrática, lo más distintivo de ese intelecto colectivo es la frialdad de su cálculo táctico, la amoralidad estratégica y una tendencia enfermiza a la programación milimétrica. Elementos devastadores cuando van unidos a una demostrada capacidad organizativa y un virtuosismo notable para la manipulación de las debilidades ajenas.

* El señor Zapatero galopa sobre el tiempo mientras los líderes de ETA se miran en él con querencia de eternidad, de movimiento continuo y autojustificativo.

Otra diferencia esencial entre ambos interlocutores tiene que ver con su origen y cómo han llegado a ser lo que son; el señor Zapatero es un producto de la España democrática, con sus pequeñas grandezas y sus múltiples insuficiencias, mientras que los líderes de ETA son criaturas del Mayo 68, recuperados hace mucho tiempo por los regímenes del socialismo real que los formaron y financiaron.

La innegable competencia profesional de los jefes del terrorismo vasco para cimentar su poder e influencia social se basa en su destreza para dosificar la muerte hasta hacer creíble la amenaza omnipresente. Ese virtuosismo homicida y represor no es producto de la casualidad o del mero desarrollo empírico, aleatorio: se apoya en una elaboración teórica concienzuda a partir de un modelo no por obsoleto menos coherente: el de la guerra popular prolongada del maoísmo: la paciencia como arma definitiva.

A fin de cuentas, son nietos de Lenin y no tienen elecciones cada cuatro años. Conviene recordar aquí también que detrás del equipo de gobierno del señor Zapatero –e impulsando la negociación con los terroristas- hay también bastantes comunistas reconvertidos, náufragos del PC español que comparten mucho del lenguaje y los referentes ideológicos con los líderes de ETA y en el gris panorama de la izquierda crepuscular europea hay otros puntos de contacto igualmente inquietantes.